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Digitalización en las cárceles: presos pasan de las tarjetas telefónicas a las billeteras virtuales de Mercado Pago

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El uso de billeteras virtuales no se detiene. Los números dicen que en octubre se sumaron 720 mil clientes, superando un total de 44,4 millones de usuarios. Según un informe de Red Link, las transacciones monetarias a través de dispositivos móviles y el uso de las tarjetas de débito bancario ascendió al 29,3% del PBI del mes. El total fue de 1,29 billones de pesos.

Lo que no detalla el informe es que decenas de miles de clientes están presos en cárceles de todo el país. Las billeteras virtuales, según los detenidos consultados por Clarín, “son súper prácticas para las personas que estamos en cana”.

?Axel, un interno alojado en la Unidad 48 de San Martín, describe cómo se organizaron para reunir el dinero de la cena de Año Nuevo, mediante la aplicación más conocida de Argentina.

?”En el pabellón somos 50 y pedimos que cada uno transfiera 1.000 pesos. El que pudiera, en realidad. Juntamos 27 lucas. Compramos un cordero, un costillar, 12 packs de gaseosas y nos quedó para el helado. Y todo lo hicimos a través de un teléfono. No manejamos efectivo”. Antes de las billeteras, el “billete carcelario” eran las tarjetas de teléfono fijo y los cartones de cigarrillos.

Algunos de los celulares desde los que hacen transacciones fueron registrados a principios de 2020, cuando la Subsecretaría de Política criminal, Ministerio de Justicia y DDHH de la Provincia de Buenos Aires autorizó el ingreso y uso de celulares a personas detenidas en cárceles dependientes del Servicio Penitenciario Bonaerense (SPB).

En abril de ese año se habían registrado 4.500 teléfonos. Sin embargo, serían muchísimos más los “no registrados”. En las unidades del Servicio Penitenciario Federal (SPF) continúan prohibidos. Pero cada vez que se hacen requisas secuestran decenas de teléfonos.

Que el uso de billeteras virtuales sea práctico implica que sus familiares se ahorren el tiempo de ir hasta los penales a depositar lo que les compran. En ese aspecto, se debe tener en cuenta que algunos pueden vivir a tres, cuatro o más horas de distancia.

?Ahora, mediante las aplicaciones, les transfieren el dinero virtual y los presos se encargan de gastarlo por intermedio de sus celulares. Axel dice que contactaron a una carnicería ya una heladería, encargaron los pedidos, transfirieron y los comerciantes se tomaron el trabajo de entregar la compra en la puerta del penal.

?Además, toda penitenciaría tiene personas (pueden ser vecinos o familiares de detenidos) que se encargan de brindar el servicio de “compra y depósito de productos”: les hacen pedidos y pasan presupuesto. Uno equivalente al precio de la compra y otro por el trámite para entrar en la mercadería. A veces son comerciantes con locales en las inmediaciones a la cárcel, que cobran 1.000 pesos extra por la entrega.

Pero también hay “compra y venta” de productos y de servicios entre los propios presos. Los precios son de la Unidad 9 de La Plata: un paquete de cigarrillos de segunda marca puede costar 200 pesos. Un alfajor triple, lo mismo. Una Coca Cola vale 400. Aunque vale la aclaración: un viernes a la noche, o durante el fin de semana, puede costar más.

?No es lo mismo el día siguiente a las visitas, cuando la mayoría tiene mercadería, al día previo. Es según oferta y demanda. “Todo lo rico vale un poco más caro que afuera, como los chocolates”, dice Luis, desde su pabellón. Y aclara: “La carne que viene de afuera no se vende. Se cambia por droga. Es como un trueque”.

“Lo que más se ve es gente que ingresa cartones de cigarrillos. Es una fuente laboral: te lo trae tu familia y lo cobrás por las aplicaciones”, retoma Axel. “Otro negocio son las manualidades, los cuadros o unos peluches que hacen las mujeres de la Unidad 46. Todo se paga con Mercado Pago. Y con eso la gente subsiste. Todo depende según el pabellón y los permisos de sus líderes y del servicio penitenciario que está al tanto de todo”.

El dinero virtual gira y gira. El que vende los cigarrillos, paga un corte de pelo. El que corta pelo, gasta para que le cocinen. Los que cocinan, puede que le transfieran el dinero a sus familias y los mantengan con su trabajo.?

Las transacciones virtuales entre presos son de todo tipo. Están las correspondientes a apuestas por partidos de afuera o juegos de cartas entre ellos. Por venta de drogas o hasta de Viagra: los 50 mg se venden a $ 400.

?”En la calle soy ladrón y en la cárcel, comerciante”, se presenta Lucas. Está en Devoto y dice que se la pasa haciendo lo que en la jerga se denomina “pasa manos”. Sus compañeros libres le envían fotos de lo que robaron (ya sea como piratas del asfalto o con tarjetas de crédito robadas) y él se lo reenvía a sus contactos. Cuando le compran algo, le transfieren el total, se queda con su parte y le transfiere el resto a sus cómplices.

Las mujeres también están con las billeteras virtuales. Carolina cuenta detalles desde la Unidad 33 de Los Hornos. Para el 24 de diciembre compraron un lechón entre todas. Lo compró la familiar de una detenida. Pagó el kilo a 700 pesos, y les pasó, depósito incluido, 1.000 pesos por kilo. Compraron 8 kilos de lechón. Repartieron en partes iguales. Además, cada una sumó una gaseosa grande.

?Algunas de las que comieron el lechón pagaron, también por las billeteras virtuales, “su seguridad”. Para vivir tranquilas, sin que nadie las moleste, ellas o sus familias debieron transferir 20.000 pesos. Se aceptan pagos en cuotas. Pero hay interés.

La semana pasada, una denuncia penal confirmó la tendencia: el femicida Fernando Farré aseguró que sus compañeros de la Unidad 4 de Bahía Blanca le exigieron 100.000 pesos que debía transferir un familiar a una cuenta virtual. Con ese dinero habrían pagado un asado de fin de año. Por eso, lo trasladaron a otra prisión en Campana.

Los precios son un poco más caros: la Manaos, $ 300. La Coca Cola, $ 500. Un paquete de cigarrillos mentolados, $ 500. En el sector de madres, dos litros de leche larga vida se cambian por un paquete de cigarrillos. El alcohol, según cuenta Carolina, es negocio de los penitenciarios. Que también tienen aplicaciones, y reciben el dinero por esa vía.

Un fernet puede cotizar de 3.500 a 4.000 pesos. “Las pibas están desesperadas: llaman a sus familias y piden que hagan fotocopia de sus documentos, para sacar sus cuentas. Hay muchas que no pueden, les cuesta. La mayoría tenemos una cuenta de Mercado Pago”.

El negocio es mayor en las prisiones del ámbito federal (del SPF), ya que sus internos trabajan y perciben un sueldo. En cambio, en las unidades que dependen del SPB no reciben salarios.

A una cuadra de la unidad existe un almacén. Sus dueños saben qué días se puede depositar mercadería en la cárcel. “Queda a cien metros. Te cobra entre $ 500 y 1.000 por venir. Los precios de las cosas son altos. Pero, ¿qué pasa? Le comprás y tu familia no tiene que cargar nada. A veces nos unimos entre varias y hacemos compra mayorista. Nos rinde más”.

En el Complejo Penitenciario Federal de mujeres (de Ezeiza) hay chicas que trabajan vendiendo ropa. Tienen un contacto en el afuera que se encarga de comprar en La Salada o Avellaneda y de entrar la mercadería y ellas le ponen precio. Dan a pagar. Pueden ser pagos semanales o mensuales. Si no pagan sus clientas, pagan sus familiares. Desde afuera y vía virtual.

En la Unidad 40 de Lomas de Zamora también hay celulares y también hay billeteras virtuales. Joaquín habla sobre los distintos servicios que se brindan en los pabellones y se pagan vía aplicaciones. Un corte de pelo puede valer 200 pesos. Aunque el que tiene permiso para trabajar debe cortarles gratis a los que no tienen dinero. Es un “acuerdo” entre presos.

?Los que son buenos en la cocina (son famosos los presos peruanos) se la pasan cocinando para los presos que van a recibir visita y quieren consumir algo puntual. Hacen la lista de la mercadería que necesitan y pasan el presupuesto por la mano de obra. Un postre, por ejemplo, puede costar 300 pesos.

?Los “estudios” cobran por su ayuda para rendir materias o exámenes. De primaria, secundaria y la universidad. Son como profesores particulares. También están los que arreglan colchones, los que lavan ropa y los que cosen. Y los que sostienen, hace muchos años, y afuera, que “aquí no trabaja el que no quiere”. /Clarín

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